café humeante

café humeante

sábado, 10 de octubre de 2015

Rincón de felicidad

En el aire flota un aroma a lluvia y el viento desnuda lentamente los árboles, creando así alfombras rojizas, amarillentas y marrones. Las calles se llenan de gente en chaquetón y botas de agua y de paraguas. El cielo se cubre de un velo gris pálido, dando una sensación de falta de luminosidad que casi obliga a encender la luz en casa, o más bien que da ganas de encenderla.

Es uno de esos días en los que estás  más dormido que despierto y no sabes muy bien qué hacer. Estoy sentada delante de la ventana aún en pijama, con mi libro en una mano y una taza de café calentita en la otra pero ni siquiera esto consigue que aparte la vista de lo que sea que me está distrayendo de mi lectura y mi taza. Solo tengo ganas de ir a pasear, pasear todo el día sin pararme y llegar lo más lejos  posible y pensar, pensar en todo y en nada, aclarar mi mente de algo que la esta turbando. O quizás solo necesite aire porque siento como que se está asfixiando. Necesito salir. En un impulso no muy racional apuro el café, me visto y salgo por la puerta sin a penas avisar. Con las prisas olvido mi teléfono y mis auriculares pero como ya estoy fuera y me da pereza volver a subir, decido que es mejor así; no me distraeré con los mensajes de whatsapp.

Recorro las calles de mi vecindario en busca de algún sitio interesante al que ir, pero no conozco nada aquí así que de momento me limito a caminar sin rumbo. Me gustaría encontrar una zona de bosque, un refugio o algo así, el aire de ciudad me embota el cerebro. Definitivamente hoy necesito escaparme de todo esto. El cielo se ha cubierto un poco más, hay menos luz que antes y casi tiene pintas de querer llover, lo que me incita a volver a casa. Pero aún no, quiero desaparecer de aquí. Cuando levanto la cabeza para observar el cielo, mi mirada se cruza con un cartel interesante: hay un bosque un poco más arriba, subiendo la calle a mi izquierda y sin pensarmelo dos veces me dirigí hacia allí.
Después de media hora de caminata por aquella interminable subida de asfalto empezaba un sendero escondido entre los árboles con un único cartel que indicaba su entrada. Inexplicablemente emocionada, me adentro por el caminito embarrado y empiezo a caminar admirando los árboles y las malezas a sus pies, cogiendo grandes caladas de oxígeno. El olor a pino parece lavarme los pulmones y refrescarme el ccerebro. Tras pocos minutos de caminata decido alejarme del camino y adentrarme en el bosque aunque me arriesgue a arañarme las piernas por las zarzas, pero sinceramente, eso me da bastante igual. Me siento libre, aunque se que será solo temporal, que cuando vuelva a casa me sentiré igual que esta mañana pero prefiero no pensar en eso ahora. La soledad del bosque, la tranquilidad de este momento me hacen sentir bien, ahora puedo pensar con claridad y ordenar mis pensamientos que hace 45 minutos se peleaban  por estar estar en primera fila para ser escuchados. Ahora cada cosa está en su sitio y puedo seguir paseando, prestando atención a los detalles del bosque y a cada uno de mis tormentos.

Sin darme cuenta ha empezado a llover. Cuando alzo la cabeza, el cielo está de un gris oscuro, casi negro y llueve a cada vez un poco más fuerte. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no había visto el tiempo volar. Y tanto. Ya era casi la una y media, me fui a las nueve y debería haber vuelto a las doce para comer. A demás no tengo el teléfono así que no pude avisar de que no llegaría para la comida. Está clarísimo que me va a caer bronca.

Pero eso da igual. La lluvia cae a cántaros, huele a otoño y he encontrado mi rinconcito de felicidad.

Cómo me gusta octubre.



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